Un hombre que crea que su “individualidad” pueda ser eterna, interminable, lógicamente necesitará de un dios que prolongue ese curioso deseo, un dios exigente pero que al final sea “útil”. Por el contrario el que reflexione sobre lo problemático de la individualidad, de que exista un yo, no exigirá nada de nadie, y por lo tanto dejara a Dios como verdaderamente se podría “concebir”: innombrable, indiferente, inútil… es decir, en silencio.
Coctelmarx: Diario